Es curioso cómo se acelera el pulso ante cualquier situación de nervios o emoción. Aquella Madrugá de mil novecientos noventa y pico (cómo pasa el tiempo...) me sorprendía al descubrir los precipitados latidos de mi corazón al ritmo de una marcha etérea. Pues sí, el cerrojo de la Iglesia, al descorrerse, se convirtió en la batuta que dirigía los inicios de un hermoso recital penitencial. La plaza, totalmente a oscuras. Comienza a salir la Cofradía. Yo, en el primer tramo, apenas detrás de la Cruz de Guía. Al cruzar la puerta, un escalofrío recorre mi cuerpo... no sé si son los nervios o el fresco lógico de ésta hora de la noche... serán los nervios, porque en la Plaza no cabe un alfiler; es muy difícil que se cuele una pizca de aire entre las decenas de almas que se concentran expectantes ante al prodigio de La Pasión según la Hermandad del Gran Poder de Tocina. La primera impresión es extraña... una no está acostumbrada a ver la vida a través de los dos pequeños agujeros de un antifaz. Tras parpadear un par de veces, los ojos comienzan a acostumbrarse. Primero, a la profunda oscuridad del ambiente, después al limitado campo de visión que me permite el hábito que me cubre. Es sorprendente sentirse observado en esa circunstancia... todos te miran, pero nadie te conoce... tú conoces a la mayoría... Tres lejanos golpes de llamador me hacen volver a la realidad. Intuyo que el paso ha comenzado a moverse por el silencio plomizo que se respira, pero yo no lo puedo ver; ni las Reglas me lo permiten ni yo quiero mirar hacia atrás: es parte de la penitencia. “¡Pararse ahí! Los dos costeros por parejo a tierra!” (se acelera el pulso) “Bueno! Venga de frente!” Oigo únicamente el sonido seco de las pisadas de los costaleros en la escueta rampa que ayuda a salvar el pequeño desnivel del escalón de la Iglesia, guardando prodigiosamente el equilibrio... mi padre va debajo... cierro los ojos y rezo para que todo salga bien... “¡Ahí quedó! Vamos suspendiendo los cuerpos...”. Los olés, los aplausos y la entradilla de la Marcha Real se confunden con mis lágrimas. Qué curioso y paradójico! Nunca había llorado viendo la salida de mi Gran Poder y, cosas de la vida, las lágrimas arrasan mi cara, debajo del antifaz, la primera vez que no puedo presenciarlo. Qué razón tenían los que decían que, desde dentro, todo se vive de otra manera! Comenzamos a andar. La Calle Real se ha vestido de luto para la ocasión. Es una imagen imponente. La travesía está desierta. Toda la gente se agolpa en un mismo punto, clavando su mirada en Él, que avanza siempre de frente. Quiere dejarle sitio a Su Madre, a Nuestra Madre, que viene a bañar de LUZ una noche sobria, penitente, una Madrugá de duelo, en la que nos disponemos a acompañar a Nuestro Señor en su camino al Calvario, cuales leales Cirineos. Callan los tambores y las cornetas. Nuestra Bendita Madre está ya en la puerta. La desbordante sencillez de Su palio acentúa aún más si cabe Su serena tristeza. Durante unas horas Sus hijos nos afanaremos en consolarla, en acunarla, en reducir al máximo su pena. El silencio sobrecogedor se rompe, de pronto, por el alegre estruendo de aplausos y vítores, que sólo dejan percibir ligeramente el saludo de la Banda de Música. Ya está la Señora en la calle... y las lágrimas vuelven a brotar. La Estación de Penitencia es un cúmulo de sensaciones, sentimientos, el no saber si pedir o agradecer; es momento de repasar en nuestra hemeroteca de recuerdos lo acontecido en el último año, interrumpido, eso sí, por los suspiros de cansancio y por las veces que nos acordamos del maldito capirote, que nos está dejando un dolor de cabeza insoportable... Pero es también tiempo de paz interior, de una serena satisfacción por lo conseguido hasta hoy, de una cierta ansiedad por lo que está por llegar. Cuando todo acaba es momento de júbilo... por fin Os vuelvo a ver la cara a Los Dos!! Qué melancolía a su vez! Un Padrenuestro y un Avemaría para agradecer la espléndida Estación de Penitencia, sin apartar la vista de Ellos. Os volveré a ver el año que viene encima del paso. Yo repetiré y acudiré de nuevo a nuestra cita con el rostro cubierto... si Vosotros Queréis... Macarena Rodríguez Rojas
|